Artesanía automatizada
Mi trabajo no es escribir cada línea, sino que cada línea merezca quedarse.
Que no dé miedo tocarlo.
Mantenibilidad. La fase más larga del software no es la creación: es el mantenimiento. Una tarea no termina cuando funciona, sino cuando quien lo toque después puede ampliarla y saber que no ha roto nada. Bien estructurado y con pruebas, eso es una tarde; mal estructurado, cada cambio es cortar el cable rojo y rezar. Si funciona pero nadie se atreve a tocarlo, todavía no está hecho.
Legibilidad. El código se lee. Si hay que detenerse a descifrar qué hace, ya hay un problema; el bueno se lee como un libro, de corrido. Los nombres explican, las responsabilidades están donde deben —si un método se llama "guardar alumno", que guarde un alumno y no le cambie el humor al profesor de paso—, y las decisiones que importan no se esconden en una casualidad.
Consistencia. Y que el sistema cuente una sola historia, no una por módulo. Si hay una forma de hacer algo, se hace igual en todos lados; no hay excepciones sin explicar. El código donde cada parte funciona según sus propias normas no es un sistema: es un archivador de ocurrencias que nadie entiende del todo, ni el que lo escribió.
No le temo a la complejidad cuando el problema la pide; sí a la decorativa, la que está solo para parecer más lista que el problema. Y refactorizar no es maquillar: es bajar el ruido y dejar el sistema más fácil de cambiar.
Uso la IA como acelerador, no como sustituto del criterio: automatizo el trabajo, no el pensamiento. Reviso lo que produce con la misma vara que lo mío.
El primer paso no es el código.
Antes de escribir una línea, me hago la película completa: qué necesitan de verdad, qué implica en el sistema y si hace falta limpiar algo antes de construir. Una vez planificado, construyo en commits pequeños y con sentido, cada uno autoexplicado y progresivo, para que el resultado se forme sin sorpresas.
El primer revisor soy yo. Reviso por partes primero y el conjunto después, sin prisa por cerrar: las prisas son las que acaban en Frankenstein.
Cuando algo de lo pedido no me convence, no llevo el problema: llevo la alternativa. Primero entiendo la necesidad real, lo que hay detrás del ticket; mido las implicaciones y entonces propongo. En equipo, el criterio manda, no la pose; y espero recibir lo mismo.
Con el legacy, la pregunta no es si se puede: es a qué coste. Esa respuesta hay que buscarla antes de meter mano. Y si puedo dejar el sistema un poco mejor de como lo encontré, lo dejo.
Cómo llegué hasta aquí.
No quería ser programador. Quería ser psicólogo.
Crecí en un pueblo de Sevilla, con un padre que trabaja la tierra y un abuelo herrero que arreglaba cualquier cosa con las manos. Lo que salía de allí estaba hecho para durar, y se notaba quién lo había hecho. A mí, en cambio, lo manual nunca se me dio: en plástica me hacían las fichas para que aprobara. Mi cabeza iba por otro lado: la lógica, encajar piezas. De crío era de ajedrez, puzzles y crucigramas, y lo sigo siendo.
En la ESO aprobaba sin estudiar, con matrícula de honor y doce sobresalientes pero cero hábito de trabajo, así que me metí en bachiller de ciencias, con la psicología en la cabeza, convencido de que la cosa seguiría sola. No siguió. Fracasé a base de bien y lo dejé a mitad de curso. Primera lección, y la que más me ha servido: el talento sin disciplina no llega a ningún sitio.
Acabé en un grado medio de informática casi por descarte, buscando hacia dónde tirar. Allí un profesor nos enseñó cuatro etiquetas de HTML. Nada de programar todavía, pero algo hizo clic. En las prácticas caí en una empresa de desarrollo web y, entre PHP y PHP, empecé a entender de qué iba esto.
El proyecto de fin de curso era una web de presentación de las de toda la vida: un "sobre nosotros", un formulario de contacto y poco más. Me flipé. Acabé montando una plataforma para intercambiar libros, con registro, altas, mensajes entre usuarios y listas de deseos. Cutre, pero funcionando de verdad. Ese día descubrí dos cosas: que esto era lo mío, y la sensación de sentirse un poco dios delante del teclado.
Luego, la vida real. Mientras buscaba trabajo de lo mío volví al campo una temporada. Y aun así colé un par de programas de gestión casi sin experiencia: uno para un almacén de gominolas, otro para automatizarle el Excel a un administrador de tragaperras. En 2015 nació mi hija y, en lugar de con un pan, vino con un trabajo debajo del brazo: una consultora multinacional. Cinco años allí: del trato directo con el cliente a diseñar para otros y, al final, proyectos propios. En 2020, con el teletrabajo recién estrenado, me fui a buscar un sitio donde no bastara con que el software funcionara: donde importara cómo.
Lo encontré en VinfoPOL, una startup de software policial donde hoy soy desarrollador senior. Allí un fallo no es un bug cualquiera: importa de verdad. El sitio perfecto para alguien al que le obsesiona que el código no solo funcione, sino que se pueda cambiar y crecer sin que a nadie le tiemble el pulso. Esa obsesión no la copié de nadie: la destilé de muchos, sin rezarle a ninguno. Aunque soy más de tito Bob de lo que reconozco —algo suyo se me cuela en cada PR, y más de una vez he soltado que, si viera según qué código, se muere ahí mismo.
Aquella primera lección la sigo aplicando, aunque a mi manera: en el trabajo predico contención, no compliques lo que no lo pide, y en casa hago justo lo contrario, automatizando hasta lo que no hace falta, desde los presupuestos del taller hasta el ahorro del mes. Si algo lo hago dos veces, a la tercera ya está automatizado.
Lo llevo con mi hermana. Empezó como un hobby y hoy se paga solo, aunque eso es lo de menos: lo que me enganchó es que, en el fondo, hago lo mismo que con el código. Yo diseño cada pieza, vectorial y paramétrica, pensada para encajar con la de al lado; ella la monta y la pinta, lo manual, que nunca fue lo mío. Madera, metacrilato y metal en lugar de código, pero la misma cabeza: que encaje, que esté bien hecho, que dure.
Ahora intento pasarles a mis hijos lo que sé. La mayor, con diez años, anda con sus primeros pinitos de código; el pequeño, de cinco, todavía arrastra bloques. Y, ya puestos, también le estoy enseñando mi oficio a la IA.
No solo que funcione. Que aguante.
Todo esto que has leído —el criterio, el cuidado— no es solo cómo trabajo de nueve a seis. Es lo que te llevas si montamos algo juntos.
Webs, aplicaciones, automatizaciones, lo que el proyecto pida. La etiqueta da igual; lo que no negocio es que aguante: que se entienda, se mantenga y se pueda ampliar sin rezar, el día uno y el día doscientos, estés tú delante o no.
¿Lo tuyo es algo más sencillo, una web en WordPress bien montada? También, sin dramas: aguanta igual.
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